Continuamos con la historia donde la dejamos, justo en el momento en que la justicia se hizo presente…
Regina intentó forcejear, pero el agarre era inamovible.
Se giró con la intención de insultar a quien se atreviera a tocarla, pero sus palabras se congelaron al ver quién la sostenía.
Era una mujer joven, vestida con un traje sastre impecable, de una elegancia que Regina solo podía soñar con imitar.
Su rostro era una mezcla de determinación y una tristeza profunda que se transformaba rápidamente en fuego.
—Suéltame, ¿quién te crees que eres? —chilló Regina, aunque su voz ya no sonaba tan segura.
—Soy alguien que sabe exactamente cuánto vale cada migaja que acabas de tirar al suelo —respondió la joven con una voz gélida.
Sofía, así se llamaba la joven, soltó la muñeca de Regina con un movimiento seco, como si se estuviera quitando algo sucio de encima.
Luego, sin decir nada más, se arrodilló lentamente frente a Don Manuel.
El panadero seguía en shock, apoyado contra la pared, con el pecho subiendo y bajando con dificultad.
—Papi Manuel… —susurró Sofía.
Al escuchar ese nombre, los ojos del anciano se abrieron de par en par.
Nadie lo llamaba así desde hacía quince años. Nadie, excepto una niña pequeña que solía aparecerse en la puerta de la panadería con los pies descalzos y los ojos llenos de hambre.
—¿Sofía? ¿Eres tú, mi niña? —preguntó Manuel, con la voz quebrada.
Sofía asintió, y una lágrima solitaria rodó por su mejilla, pero rápidamente se la limpió. Tenía un trabajo que hacer.
Se puso de pie y se enfrentó a Regina, que intentaba recomponerse, arreglándose la chaqueta y mirando a su alrededor buscando apoyo.
—Este hombre —dijo Sofía, señalando a Manuel con un orgullo que llenó toda la habitación—, es más noble de lo que tú serás en mil vidas.
—¿Y a mí qué me importa? —interrumpió Regina—. Es un simple panadero. ¡Y me faltó al respeto!
—Él no es un “simple” nada —replicó Sofía, dando un paso hacia ella—. Él es el hombre que, cuando yo no tenía nada, me daba un pan caliente cada mañana.
La fila de clientes escuchaba en un silencio sepulcral.
—Él es el hombre que me dejaba sentarme en un rincón para hacer mis tareas porque en mi casa no había luz —continuó Sofía—. Él es quien pagó mis primeros libros de derecho con las monedas que ahorraba de sus propinas.
Regina soltó una carcajada nerviosa, tratando de restarle importancia al relato.
—¡Qué conmovedor! Una historia de caridad para los pobres. Pero eso no le da derecho a darme pan viejo.
—El pan no estaba viejo, Regina —dijo Sofía, llamándola por su nombre, lo que hizo que la mujer palideciera—. Sé quién eres. Eres la dueña de la constructora que está intentando comprar este local para demolerlo, ¿verdad?
La cara de Regina pasó del rojo de la ira al blanco del miedo.
—¿Cómo sabes eso? —tartamudeó.
—Porque yo soy la abogada principal del fondo de inversión que financia tus proyectos —sentenció Sofía con una sonrisa que no llegaba a sus ojos—. Y créeme, después de lo que acabo de ver, voy a encargarme personalmente de que cada uno de tus contratos sea revisado bajo lupa.
Regina dio un paso atrás, tropezando con el pan que ella misma había tirado.
—No puedes hacer eso… es un negocio aparte… —balbuceó.
—Puedo y lo haré —respondió Sofía—. Porque alguien que no respeta el trabajo honesto de un hombre como Don Manuel, no es digno de manejar los millones de mi firma.
Don Manuel miraba a Sofía como si estuviera viendo un milagro. Aquella niña flaquita a la que él le regalaba los “recortes” de la masa se había convertido en un gigante.
—Ahora —dijo Sofía, bajando el tono de voz pero aumentando la intensidad—, vas a recoger cada uno de estos panes. Uno por uno.
—¿Qué? ¡Estás loca! ¡No voy a tocar ese suelo sucio! —gritó Regina, intentando recuperar su arrogancia.
—O los recoges y le pides perdón de rodillas a este hombre, o mañana a primera hora recibes la notificación de rescisión de tu contrato más importante —amenazó Sofía, sacando su teléfono celular.
Regina miró a su alrededor. Vio las caras de desprecio de los vecinos, vio la cámara de seguridad que lo había grabado todo, y vio la determinación en los ojos de la joven abogada.
Sintió que el mundo que había construido a base de pisotear a los demás se estaba desmoronando bajo sus pies.
Lentamente, con una humillación que le quemaba la garganta, Regina comenzó a inclinarse.
Sus rodillas tocaron el suelo cubierto de harina y suciedad.
Sus manos, esas que nunca habían hecho un trabajo pesado, empezaron a recoger los panes rotos.
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