Sé que te morías por descubrir la verdad detrás de este silencio, y esa curiosidad te trajo al lugar indicado.
— “Hijo, por favor, deja de humillarte buscando en el celular, esa mujer ya decidió que su libertad vale más que tu apellido” —sentenció Doña Beatriz, mientras acomodaba con una frialdad quirúrgica el pañuelo de seda en el bolsillo del saco de Mateo.
Mateo no podía respirar.
Sentía que el aire del gran salón de la mansión familiar se había vuelto espeso, cargado con el aroma de los miles de lirios blancos que Elena había elegido con tanta ilusión.
Él la conocía.
Sabía que Elena no era de las que se arrepentían a último minuto.
No después de haber enfrentado tres años de desprecios, de miradas altaneras y de comentarios hirientes por parte de la “gran sociedad” que ahora llenaba el jardín, esperando un desfile que no comenzaba.
— “Ella me ama, mamá. Elena no se iría así, sin decir nada. Algo malo le pasó, lo presiento en el pecho” —murmuró Mateo, con la voz quebrada, hundiéndose en el sillón de cuero de la biblioteca.
Beatriz soltó una risita seca, casi imperceptible, y se acercó a su hijo para acariciarle el cabello, un gesto que en cualquier otra madre parecería tierno, pero en ella destilaba un control absoluto.
— “Lo que sientes es el golpe de la realidad, cariño. Esa muchachita… esa campesina, como tú le dices con tanto cariño, simplemente vio la oportunidad de irse con el dinero que le ofrecí y no miró atrás. Son así, Mateo. Tienen el hambre tatuada en el alma y el interés como brújula”.
A menos de diez metros de ellos, separada solo por una doble pared de madera de roble y un pesado cortinaje de terciopelo, la realidad era una pesadilla de carne y hueso.
Elena intentó gritar, pero el nudo de la seda que mordía solo le permitió emitir un gemido sordo que se ahogó en sus propios pulmones.
Sus muñecas, atadas con una firmeza cruel a las tuberías de la calefacción dentro del clóset de blancos del pasillo de servicio, estaban rojas y entumecidas.
Tenía el vestido de novia, ese que tanto sacrificio le había costado pagar, manchado de polvo y sudor.
Escuchaba la voz de Beatriz.
Escuchaba la angustia de Mateo.
Cada palabra de su suegra era un dardo envenenado que intentaba asesinar su reputación frente al hombre que amaba.
“¡Cometiste un grave error, Beatriz!”, pensaba Elena, mientras las lágrimas le escocían en los ojos.
No lloraba de miedo.
Lloraba de una rabia pura y volcánica que le daba fuerzas para seguir forcejeando.
Ella sabía que Beatriz era capaz de mucho, pero jamás imaginó que llegaría al extremo de secuestrarla en su propia casa para evitar que la “sangre impura” entrara en el árbol genealógico de los Alcázar.
Doña Beatriz salió de la biblioteca dejando a su hijo sumido en la miseria.
Caminó por el pasillo con la seguridad de una reina que acaba de ganar una guerra sin disparar una sola bala.
Se detuvo frente a la puerta del clóset.
Miró a ambos lados para asegurarse de que el servicio estaba ocupado atendiendo a los invitados en el jardín y golpeó suavemente la madera con sus nudillos perfectamente manicurados.
— “Espero que estés cómoda, querida” —susurró Beatriz, pegando los labios a la rendija de la puerta—. “Afuera, mi hijo ya está empezando a odiarte. En un par de horas, anunciaré que te escapaste con un antiguo amante y te habrás convertido en una anécdota vergonzosa. Podrás salir de aquí cuando el último invitado se haya ido, y créeme, no querrás volver a asomar tu cara de muerta de hambre por esta ciudad”.
Elena pateó la puerta con todas sus fuerzas, pero el ruido fue amortiguado por las toallas y las sábanas apiladas que Beatriz había colocado estratégicamente para silenciar cualquier disturbio.
Beatriz sonrió.
Esa sonrisa de quien se cree intocable.
Regresó al jardín, donde la orquesta ya empezaba a tocar una melodía suave para calmar la impaciencia de los quinientos invitados que empezaban a murmurar.
Mientras tanto, Mateo se puso de pie.
Algo no encajaba.
Elena había dejado su bolso en la habitación de invitados donde se estaba arreglando.
Había dejado sus zapatos.
¿Quién se escapa por dinero dejando atrás incluso su identificación y las llaves de su propia casa?
Caminó hacia la habitación donde Elena debía estar.
El rastro de perfume de azucenas, el favorito de ella, todavía flotaba en el aire.
Mateo se arrodilló y vio algo que le detuvo el corazón: un pequeño dije de plata en forma de colibrí tirado bajo la cama.
Era el dije que él le había regalado cuando cumplieron un mes de novios.
Ella nunca, bajo ninguna circunstancia, se lo quitaba.
— “No te fuiste, Elena. Estás aquí” —susurró Mateo, y un escalofrío de terror le recorrió la espalda al entender que el enemigo no estaba afuera, sino dentro de su propio hogar.
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