Estás en la parte 2: la historia continúa y la tensión alcanza su punto máximo…
Victoria ya había dado tres pasos hacia adelante, asumiendo que Mateo la seguiría como siempre lo hacía. Pero al notar que el eco de los pasos de su compañero no la acompañaba, se detuvo y giró sobre sus talones con un suspiro de exasperación que resonó en toda la calle.
—¿Y ahora qué, Mateo? Ya estuvimos de acuerdo. Vámonos de una vez, el cliente no va a esperar por nosotros —dijo ella, cruzándose de brazos y mirando su reloj de pulsera con insistencia.
Mateo no respondió de inmediato. Estaba buscando algo en el bolsillo interior de su saco. Sus dedos se movían con una lentitud casi ritual, ignorando por completo los bufidos de impaciencia de Victoria y las miradas curiosas de los transeúntes que empezaban a rodearlos, atraídos por el drama silencioso que se desarrollaba en plena vía pública.
La anciana seguía allí, inmóvil, con la cabeza gacha. Parecía haber aceptado las palabras de Mateo como una sentencia final. Al escuchar que él no le daría “ni un centavo”, sus hombros se hundieron un poco más, como si el aire le pesara de repente el doble.
—¿Qué estás haciendo? —preguntó Victoria, acercándose de nuevo, con el ceño fruncido—. Te dije que no le dieras nada. ¿Es que no me oíste? Acabas de decir que tengo razón.
Mateo sacó su billetera. Era una pieza de piel fina, elegante. La abrió y, ante los ojos atónitos de Victoria, comenzó a extraer billetes. No eran monedas. No era un billete de baja denominación para salir del paso. Era un fajo grueso, una cantidad que para cualquier trabajador común representaría meses de esfuerzo.
—Dije que no le prestaría ni un centavo, Victoria —repitió Mateo, pero esta vez su voz tenía un timbre diferente, una profundidad que hizo que la mujer retrocediera un paso—. Y lo dije muy en serio. Porque a una madre no se le presta dinero. A una madre se le entrega todo lo que uno tiene.
El mundo pareció detenerse para Victoria. Sus ojos se abrieron tanto que por un momento perdió toda su compostura de ejecutiva implacable. Miró a la anciana, luego a Mateo, y otra vez a la mujer que ella misma había llamado “estafa” y “basura”.
—¿Tu… tu madre? —balbuceó Victoria, sintiendo que el suelo se movía bajo sus pies—. Pero… Mateo, tú dijiste que tus padres eran de una familia acomodada en el extranjero… Tú… tú estudiaste en las mejores universidades…
Mateo soltó una carcajada amarga, una que no tenía nada de alegría y mucho de dolor acumulado.
—Eso fue lo que tú quisiste creer, Victoria. Y yo dejé que lo creyeras porque en este mundo de cristal en el que vivimos, la verdad no vende. Pero esta mujer que ves aquí, con sus manos sucias de tanto trabajar y su ropa vieja, es la que se pasó veinte años lavando ropa ajena para que yo pudiera tener un par de zapatos limpios para ir a la escuela.
La anciana levantó lentamente la mirada. Sus ojos, antes nublados, ahora estaban llenos de lágrimas que corrían por las arrugas de sus mejillas como ríos en un mapa de sufrimientos.
—Hijo… no tenías que… —susurró ella, tratando de cubrirse la cara con sus manos temblorosas, avergonzada por el escándalo, avergonzada de que los “amigos elegantes” de su hijo la vieran así.
Mateo se arrodilló. No le importó que su pantalón de diseñador tocara el suelo sucio de la calle. No le importó que la gente se detuviera a grabar con sus celulares. Tomó las manos de la anciana, esas manos que Victoria no quería ni rozar, y las besó con una devoción que dejó a todos los presentes sin aliento.
—Perdóname, mamá —dijo Mateo, y por primera vez, el ejecutivo exitoso desapareció, dejando ver al niño que todavía vivía dentro de él—. Perdóname por haber tardado tanto en encontrarte. Te busqué por todas partes después de que me avisaron que habías dejado la casa del pueblo.
Victoria estaba pálida. Su mente intentaba procesar la información, pero su arrogancia le impedía sentir empatía. Lo único que podía pensar era en el contrato, en la imagen de la empresa, en lo que dirían los socios si veían a uno de los suyos abrazando a una indigente.
—Mateo, esto es… esto es un espectáculo patético —logró decir Victoria, aunque su voz temblaba—. Entiendo que sea tu madre, pero mira dónde estamos. La gente está mirando. Tenemos una reunión en cinco minutos. Levántate, dale algo de dinero si quieres, dile que te vea en la oficina más tarde y vámonos. El contrato nos espera.
Mateo se levantó lentamente, pero no soltó la mano de su madre. La atrajo hacia él, protegiéndola con su propio cuerpo del frío desdén de Victoria.
—El contrato puede irse al diablo, Victoria —dijo Mateo con una calma que resultó más aterradora que cualquier grito—. Y tú también.
Victoria dio un paso atrás, como si le hubieran dado una bofetada.
—¿Cómo dices? ¿Estás loco? ¿Vas a tirar tu carrera por esto? —gritó ella, perdiendo finalmente los papeles—. ¡Es solo una vieja que no sabe ni dónde está parada! ¡Has trabajado años para este momento!
Mateo la miró con una lástima profunda. Una lástima que Victoria nunca olvidaría.
—Ella sabe perfectamente dónde está parada, Victoria. Está parada en el corazón de su hijo. Algo que tú, con todos tus millones y tus contactos, nunca vas a entender porque no tienes donde albergar un sentimiento así.
En ese momento, Mateo tomó el fajo de billetes y lo puso en las manos de su madre. Pero no se detuvo ahí. Se quitó el saco de marca y lo colocó sobre los hombros de la anciana para protegerla de la brisa de la tarde.
—Vamos, mamá —dijo él, ignorando por completo a Victoria—. Hoy no vamos a trabajar. Hoy vamos a recuperar el tiempo perdido.
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