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El Diario Prohibido: La Verdad Que Se Escondía Tras la Llave Oxidada

El Muelle del Perdón y la Confesión Silenciosa

El aire en el muelle era fresco y salado, el sonido de las gaviotas graznando y el suave vaivén de las olas contra los pilares de madera creaban una sinfonía melancólica. Mi padre, Ricardo, estaba allí, como siempre, sentado en el borde, con la caña de pescar extendida sobre el mar azul verdoso. Su silueta, familiar y reconfortante, se veía un poco más encorvada bajo la luz del sol naciente. El olor a salitre, a pescado fresco y a su colonia de siempre, se aferraba a la brisa.

Me acerqué lentamente, mis pasos resonando en la madera del muelle. Él no se giró de inmediato, absorto en la contemplación del horizonte. “Papá”, mi voz sonó más fuerte de lo que esperaba, una mezcla de nerviosismo y determinación.

Él se sobresaltó ligeramente, girando la cabeza. Sus ojos, antes perdidos en la inmensidad del mar, se posaron en mí. Había una chispa de sorpresa,

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