El sudor frío empapaba la frente de Doña Elena. La linterna de aceite que iluminaba la habitación empezaba a quedarse sin combustible, haciendo que las sombras de la serpiente y la mujer se proyectaran en la pared como un solo monstruo deforme.
En medio de su agonía silenciosa, Elena escuchó un ruido afuera. Eran pasos. Pasos pesados sobre el lodo que se formaba en la entrada de su cabaña.
—¿Elena? ¿Estás despierta? Te traje un poco de caldo de gallina para que cenes algo —era la voz de Mateo, el nieto de Don Mario, un joven de veinte años que siempre ayudaba a la anciana con los mandados.
La esperanza encendió una chispa en los ojos de la mujer. Pero el terror volvió de inmediato: si Mateo entraba sin cuidado, la serpiente podría reaccionar con violencia y matarlos a ambos en un abrir y cerrar de ojos.
—Ma… Mateo… —logró articular Elena, con un hilo de voz que apenas superaba el ruido de la lluvia.
El joven, al no recibir una respuesta clara pero notar que la puerta estaba entreabierta, se preocupó. Elena nunca dejaba la puerta así, especialmente con las tormentas que azotaban la región.
Mateo empujó la puerta con suavidad. La luz de su propia linterna barrió la habitación y lo que vio lo dejó paralizado. El plato de caldo cayó al suelo, rompiéndose en mil pedazos de cerámica.
—¡Dios mío! ¡Doña Elena! —exclamó el joven, dando un paso atrás por puro instinto de supervivencia.
—No… no te acerques… —susurró ella, con el rostro ya empezando a tornarse purpúreo por la falta de retorno sanguíneo—. Llama… llama al veterinario del pueblo… a Don Carlos… él sabe…
Mateo, aunque aterrado, no huyó. Sabía que si salía corriendo y tardaba demasiado, encontraría a la anciana hecha pedazos dentro del vientre del animal. Con manos temblorosas, sacó su celular, agradeciendo al cielo que todavía tuviera una barra de señal en medio de la tormenta.
—¿Don Carlos? ¡Venga rápido a la cabaña de Doña Elena! ¡La Nena se la está tragando viva! ¡Rápido, por favor!
Mientras esperaban, los minutos se convirtieron en horas para Elena. Cada segundo era una lucha por una bocanada de aire. Mateo, siguiendo las instrucciones que el veterinario le daba por teléfono, intentaba mantener a la anciana despierta, hablándole desde una distancia segura.
—Aguante, Doña Elena. No se duerma. Don Carlos ya viene con el sedante. No se mueva, por favor, no la provoque —decía Mateo, con las lágrimas rodando por sus mejillas.
La serpiente, al notar la presencia de un extraño y el ruido, no soltó a su presa. Al contrario, apretó con más fuerza. Fue en ese momento cuando la pitón hizo algo que terminó de romperle el corazón a la anciana: empezó a emitir un siseo vibrante, una advertencia de que estaba defendiendo su comida.
Elena cerró los ojos. Recordó los días en que le ponía moños en la cabeza a la serpiente para tomarle fotos. Recordó cómo la dejaba deslizarse por sus brazos mientras tejía. Todo había sido una ilusión. Ella le había dado amor, pero la naturaleza solo le había devuelto hambre.
Finalmente, el sonido de una camioneta frenando bruscamente fuera de la cabaña rompió la tensión. Don Carlos, un hombre de unos sesenta años con amplia experiencia en fauna silvestre, entró con un maletín y una vara de manejo.
—¡Atrás, muchacho! —le gritó a Mateo—. Esto es muy delicado. Si le inyecto el sedante mal, el espasmo muscular de la muerte podría romperle todos los huesos a la señora en un segundo.
El veterinario se acercó con cautela. Observó la posición de la serpiente. No estaba en posición de ataque, estaba en posición de deglución. La cabeza de la pitón ya estaba posicionada cerca de los pies de Elena, lista para empezar el proceso desde abajo hacia arriba una vez que la presa dejara de luchar.
—Elena, escúchame bien —dijo Don Carlos con voz firme pero calmada—. Voy a usar un spray de alcohol concentrado en la boca de la serpiente. Eso le causa una molestia insoportable y la obligará a soltarte por instinto de náusea. En cuanto sientas que afloja, Mateo y yo te vamos a jalar. Tienes que ser rápida, porque Nena va a estar muy enojada.
La anciana asintió débilmente. Sus ojos estaban nublados.
Don Carlos sacó el atomizador. Se acercó a la cabeza del reptil, que le lanzó una dentellada rápida que el hombre esquivó por milímetros. Entonces, disparó el líquido directamente a las fosas térmicas y a la boca del animal.
La reacción fue instantánea. La serpiente comenzó a retorcerse violentamente, soltando el cuerpo de Elena como si fuera carbón ardiendo. El caos se apoderó de la pequeña habitación.
—¡Ahora! ¡Jálala! —gritó el veterinario.
Mateo agarró a Doña Elena por los hombros y la arrastró hacia la puerta con una fuerza nacida del miedo. Al mismo tiempo, la pitón, desorientada y furiosa, empezó a golpear todo a su paso, derribando muebles y rompiendo la lámpara de aceite, dejando la habitación en una penumbra aterradora salpicada por los rayos de la tormenta.
Lograron salir al porche. Elena colapsó en el suelo de madera, tosiendo y tratando de recuperar el aliento que le había sido robado. Pero la pesadilla no había terminado.
—¿Por qué? —preguntó Elena entre sollozos, mirando a Don Carlos mientras este cerraba la puerta de la cabaña desde afuera para dejar a la serpiente encerrada—. ¿Por qué me hizo esto? Ella no tenía hambre… no había comido en semanas… yo la cuidaba porque pensaba que estaba enferma…
Don Carlos suspiró, limpiándose el sudor y la lluvia de la cara. Miró a la anciana con una mezcla de lástima y severidad.
—Elena, tienes que entender algo. Nena no estaba enferma.
—¿Entonces por qué no comía? —preguntó ella, con la voz rota.
La respuesta del veterinario fue como un balde de agua helada, una revelación que cambió para siempre la forma en que Elena veía al mundo y a su amada mascota.
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