La escena quedó en suspenso y tú no ibas a quedarte sin conocer el desenlace. Aquí sigue.
El silencio en la sala del trono era tan denso que podía cortarse con un cuchillo. Nadie se atrevía ni siquiera a respirar con fuerza. El eco de los cascos del caballo negro aún retumbaba en los muros de piedra, pero el animal, ese hermoso y temido corcel que había hecho retroceder a los mejores jinetes del reino, estaba quieto. Inmóvil. Domado ante los ojos incrédulos de toda la corte.
No fue un látigo ni una espuela lo que logró esa hazaña. Fue una palabra. Una sola palabra, pronunciada en un susurro por una joven de vestido gastado y manos callosas por el trabajo del campo.
“Sombras”, dijo ella, con una voz que apenas sí se escuchaba.
Y el caballo, ese demonio negro que había derribado a tres soldados y mordido a un capitán, bajó la cabeza y fue hacia ella como un cordero.
El rey Fernando de Valdoria se puso de pie de golpe. Su rostro, que momentos atrás se burlaba con desprecio de la osadía de la muchacha, ahora estaba pálido como el mármol del piso. Apretó los puños sobre los brazos del trono y sus nudillos se volvieron blancos. La reina, sentada a su lado, se llevó una mano enguantada al pecho, como intentando contener un corazón que amenazaba con escaparse.
—¿Qué has dicho? —preguntó el monarca, y su voz, que usualmente era un trueno que intimidaba a ministros y embajadores, salió ronca, vacilante—. ¿Cómo llamaste a mi caballo?
Pero la joven no le estaba prestando atención. Tenía los ojos fijos en el animal, que ahora frotaba su enorme cabeza contra el hombro de ella. Le hablaba en un idioma que parecía hecho de caricias y secretos, y el caballo respondía con bufidos suaves, como si le estuviera respondiendo. Como si la conociera de antes. Como si hubieran compartido una vida entera.
—Isabela, ¿sabes algo de esto? —inquirió el rey, esta vez con un filo peligroso en la voz, dirigiéndose a la joven.
Ella levantó la vista. Tenía el cabello castaño recogido en una trenza desordenada, y en sus ojos color miel se mezclaban el miedo y una extraña seguridad. Todo su cuerpo temblaba, pero no por el pánico. Algo la sostenía. Algo que aún no había salido a la luz.
—Su majestad —dijo, haciendo una reverencia torpe, la misma que le habían enseñado aquella mañana cuando fue arrastrada al palacio por los guardias—. Yo… yo lo llamé por el nombre que lleva grabado en su herradura.
Toda la corte murmuró. Cientos de voces bajas que se cruzaban como serpientes. El duque de Monterroso se inclinó hacia la condesa de Ávila y cuchicheó algo que ella respondió con un gesto de incredulidad.
El rey bajó lentamente los escalones del estrado. Se detuvo a unos tres metros de la joven y del caballo. Nadie recordaba haberlo visto jamás descender de su trono para hablar con un plebeyo. Eso en sí mismo ya era una conmoción.
—¿Herradura? —repitió el rey, incrédulo—. Mi caballo no tiene herraduras desde que llegó a mis establos. Hace tres meses. Yo mismo ordené que se las quitaran todas.
Isabela mantuvo la mirada firme, y aunque sentía que las piernas le iban a fallar en cualquier momento, no dio un paso atrás.
—No me refería a las herraduras actuales, majestad. Me refería a la marca que dejaron las anteriores. La que se colocó hace más de dos años. La que tiene grabada la palabra “Sombras”.
El monarca se quedó mudo. Mudo por primera vez en su vida. Miró al caballo, que ahora estaba completamente tranquilo, casi amoroso, como un perro que ha encontrado a su amo después de mucho tiempo.
—¿Cómo sabes esa historia? —preguntó al fin, con la voz apenas por encima de un susurro—. Ese caballo fue un regalo del sultán de Orián. Vino a mí hace tres meses, aún con las marcas de su antiguo dueño. Nadie fuera de mi círculo íntimo conoce el detalle de esa herradura.
La joven respiró hondo. Su mano derecha temblaba pero buscó algo en el cuello, algo que llevaba oculto bajo la ropa. Sus dedos gastados apretaron un objeto pequeño, redondo, que brilló cuando lo sacó a la luz. Un medallón. Un medallón de plata con un símbolo grabado: una media luna con una estrella de ocho puntas. Exactamente el mismo símbolo que lucía el caballo en su pecho, justo sobre el corazón, en una mancha oscura que parecía natural y que resultó estar marcada con fuego.
La corte entera volvió a murmurar, esta vez más alto. La reina se levantó de su asiento. El obispo de la región se persignó. Los soldados de la guardia real intercambiaron miradas nerviosas, como si presintieran que algo terrible estaba por desatarse.
—¿Qué es eso? —preguntó el rey, dando un paso más hacia ella, con la mano extendida—. Muéstrame ese medallón ahora mismo.
Pero Isabela no lo soltó. Al contrario, lo apretó contra su pecho con ambas manos.
—Este medallón perteneció a mi padre —dijo, y su voz comenzó a quebrarse—. Me lo entregó a mí antes de morir. En su lecho de muerte me contó la historia completa. Me dijo que algún día alguien vendría a reclamar esta verdad. Yo pensé que el tiempo nunca llegaría.
El rey estaba ahora a menos de dos metros de ella. Su rostro, que normalmente imponía respeto con solo mirarlo, tenía una grieta diminuta de inseguridad.
—¿De qué historia me hablas, muchacha? —dijo, pero la fuerza de su voz ya no estaba allí.
Isabela tragó saliva. Sabía que no había vuelta atrás. Sabía que, con esa confesión, estaba poniendo en riesgo su vida. Pero también sabía que aquella era su única oportunidad. La única oportunidad que el destino le había dado para hacer justicia.
—Le hablo, majestad, de la historia del caballo que usted dice que le regalaron. Le hablo del caballo que fue robado hace tres años de las tierras de un hombre llamado Gabriel Mendoza. Un criador humilde, que jamás pudo demostrar su nobleza porque nacieron con la marca equivocada. Le hablo de mi padre, majestad. Al mismo hombre al que usted, por órdenes de un asesor corrupto, le confiscó todas sus propiedades y sus animales para regalárselas a una familia que pagó el precio más alto por su silencio.
Los ojos del rey se abrieron como platos. Alguien en la corte dejó escapar un grito ahogado. La reina se cubrió la boca con ambas manos.
—Eso es… —empezó el monarca, pero Isabela lo interrumpió por primera vez.
—¿Una mentira? —dijo ella, y su voz ya no temblaba—. ¿Una mentira, majestad? Entonces llame al conde de Alarcón. Ese hombre que se sentó en la primera fila y que ahora mismo está tratando de escabullirse por la puerta lateral. Llámelo y pregúntele cómo consiguió el permiso para criar caballos en las tierras de mi padre. Pregúntele dónde está el documento original de compra. Pregúntele por qué todos los papeles fueron firmados el mismo día que mi padre murió.
La multitud giraba la cabeza hacia un hombre corpulento de barba canosa que, efectivamente, se deslizaba hacia la salida. Un murmullo de acusación comenzó a crecer.
—¡Guardias! —tronó el rey, y su voz recuperó la potencia por un instante.— ¡Detengan al conde de Alarcón!
El hombre se detuvo en seco cuando dos soldados le bloquearon el paso. Su rostro enrojeció de ira y de terror. Se giró hacia el trono con los ojos encendidos.
—¡Es una plebeya mentirosa! —gritó, señalando a Isabela con un dedo tembloroso—. ¡Una loca que fabricó todo esto para robar mis caballos! ¡No tienen ninguna prueba!
El rey, el conde y la joven quedaron suspendidos en un momento de absoluta tensión. La corte entera contenía la respiración. Afuera, un trueno retumbó en el cielo gris, como si hasta los dioses estuvieran pendientes de la decisión que estaba por tomarse.
Y entonces, Isabela hizo lo único que le quedaba. Volvió a hablarle al caballo.
—Sombras —susurró, y por primera vez se escuchó amor en su voz—. Muestrales. Muestrales quién eres de verdad.
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