Si el corazón te latía fuerte al ver la escena, prepárate, porque esto apenas comienza. ¿Qué harías si descubres que la persona que más quieres te colocó un rastreador en tu propia casa? La noche había sido extraña, pero nada comparado con la bomba que recién estallaba frente a los ojos de la dueña de la propiedad, una mujer de sesenta y tres años llamada doña Marta, que sostenía con las manos temblorosas el pequeño dispositivo negro que el cerrajero acababa de encontrar detrás de la cerradura interior, con la mirada del policía García fija en ella, esperando su siguiente movimiento.
La rabia de Marta no era sin motivo, no era una vieja resentida, no era una madre difícil de complacer. Era una mujer que había trabajado toda su vida para tener su casita, para que sus hijos nunca pasaran las necesidades que ella pasó cuando llegó a la ciudad con una maleta de cartón y un sueño agarrado con alfileres. Había construido esa casa ladrillo por ladrillo, junto al recuerdo de su difunto esposo, el padre de la joven que ahora estaba del otro lado de la puerta celebrando su victoria como si fuera un botín de guerra ganado a la mala, con la arrogancia de quien cree que el tiempo y la vida le deben todo solo por ser joven.
Y es que la noche anterior había sido un verdadero infierno con sabor a traición, porque doña Marta jamás imaginó que recibiría a su hija Verónica y a su pareja con la alegría de siempre, solo para que estos se presentaran vestidos de inocencia con la exigencia de que les cediera una habitación “temporalmente”, sin siquiera un “por favor” de cortesía, sin una gota de empatía por la invasión que significaba irrumpir en su zona de paz, donde los recuerdos de su esposo aún colgaban en las paredes y donde ella se había prometido envejecer con dignidad hasta el final de sus días.
Pero aquella invasión había llegado en el peor momento posible, justo cuando Marta recién había salido de una operación de rodilla que le dificultaba caminar sin dolor, cuestión que a Verónica y a su novio Rodrigo les importó muy poco, pues apenas entraron comenzaron a mover muebles de lugar, a abrir cajas selladas que contenían pertenencias de importancia sentimental, a pisar fuerte por los pasillos como si fueran dueños de todo, tanto que la pobre mujer tuvo que apretar los labios y contar hasta diez para no perder los estribos en su propia sala, aunque por dentro algo le decía que la borrasca apenas se estaba formando en el horizonte.
La noche de aquel día interminable pasó arrastrándose como una culebra entre las piernas de los muebles, y doña Marta no pudo conciliar el sueño con facilidad, porque podía escuchar susurros y risas bajitas detrás de la puerta del cuarto que le habían arrebatado bajo el pretexto de la “unión familiar”, más parecían cigarras en el patio, que familia preocupada por el bienestar de la anciana, cosa que le produjo una inquietud extraña en el pecho, una especie de sexto sentido que le susurraba que algo grave estaba pasando en su casa, aunque no atinaba a descifrar qué era exactamente.
Al otro lado de esa puerta, en el cuarto que ella había arreglado con tanto cariño para la visita de su hija, Verónica y Rodrigo no estaban discutiendo sobre cómo acomodar la ropa ni sobre dónde colgar los cuadros traídos de la mudanza, estaban cubiertos por el manto de la oscuridad, estudiando la casa con una atención que iba más allá de la simple curiosidad de quienes buscan acomodarse, porque tenían en sus manos un pequeño aparato metálico y una serie de herramientas que no se parecían en nada a un destornillador común y corriente, y rodeaban la cerradura de la puerta principal como si estuvieran a punto de cometer un crimen, cosa que no estaban lejos de hacer.
El primer aviso del desastre fue el ruido metálico de la cerradura fuerte al ser violada con un instrumento que Rodrigo parecía manejar con una soltura impresionante para alguien que supuestamente trabajaba en una oficina de ventas de seguros médicos, las bisagras se estremecieron mientras verificaban el portón, el pasador, el marco de la puerta y hasta la caja de fusibles, y en ese instante Marta se incorporó asustada de su cama con el corazón saliéndosele del pecho, porque sabía que algo no olía bien en esa casa, aunque postrada por el dolor y la edad, sus piernas le responderan con torpeza cuando intentó ponerse de pie, casi cayendo al suelo en el intento.
El cerrajero que la policía había recomendado llegó solo hasta la mañana siguiente, cuando un rayo de sol tímido se colaba entre las cortinas y el café de la mañana ya estaba frío sobre la mesa, y apenas el hombre puso sus ojos en la cerradura, frunció el ceño y le dijo a la mujer: “Doña Marta, esto no fue un accidente ni un descuido, a esta puerta la forzaron con una ganzúa profesional, trabajaron la chapa por dentro con conocimiento técnico y hasta cubrieron las marcas con grasa para disimular el daño”, y ante esas palabras el cuerpo entero de Marta comenzó a temblar mientras buscaba la mirada del policía García, que no necesitó de más pruebas para darle la razón al experto porque los peritajes jamás están equivocados cuando las evidencias apuntan hacia una sola dirección.
Fue entonces que el cerrajero, quien resultó ser un hombre meticuloso, se arrodilló, sacó una linterna pequeña de su bolsillo y comenzó a iluminar la parte interna del marco de la puerta, hasta que un destello metálico llamó su atención, un pequeño objeto rectangular camuflado con precisión milimétrica, pegado con una sustancia pegajosa y resistente que solo se consigue en tiendas especializadas en espionaje, y cuando lo levantó con la punta de los dedos para mostrárselo a la policía, el silencio en la sala se volvió tan denso que podía cortarse con un cuchillo, todas las bocas se abrieron al mismo tiempo, aunque ninguna pudo emitir sonido alguno.
“Es un rastreador GPS”, dijo el oficial García, con la voz grave y pausada de quien está a punto de dar una mala noticia, mientras lo sostenía frente a sus ojos como quien mira a un animal peligroso, “colocado recientemente, probablemente anoche, y el hecho de que esté aquí significa que alguien que tenía acceso a esta vivienda está tratando de monitorear sus movimientos, todos sus movimientos”, y doña Marta dio un paso hacia atrás sintiendo que el piso se hundía bajo sus pies, porque solo había dos personas además de ella que tenían llaves de esa casa, su hija y el esposo de su hija recién llegado, y ambas estaban en ese momento disfrutando de un desayuno de hotel mientras ella descubría semejante atentado contra su privacidad y su seguridad, así que la ira que sintió no fue un simple arrebato de vieja enojada, sino la justa furia de una madre traicionada por la sangre de su propia sangre.
La furia que se apoderó de doña Marta fue de esas que solo aparecen cuando algo muy sagrado se ha quebrantado desde dentro, y sin pensarlo dos veces, olvidándose de su rodilla adolorida y de su edad avanzada, salió de su casa con paso decidido y con la sangre hirviendo en las venas, dirigiéndose al hotel donde sabía que su hija estaba hospedada con Rodrigo, porque antes de que estos llegaran a su casa, Verónica le había enviado un mensaje con la ubicación del lugar donde se quedarían “por si algo pasaba”, y ahora entendía que esa ubicación no era más que una fachada, una escenografía barata del engaño que estaban tejiendo en su contra.
El taxi no podía ir lo suficientemente rápido y los semáforos parecían estar todos en rojo solo para aumentar su desesperación, y mientras el paisaje pasaba difuminado por la ventanilla, Marta recordaba los momentos más duros de su vida, el parto difícil de Verónica, los pañales comprados con monedas que su esposo juntaba, la muerte del padre, las noches de insomnio rogando por que su hija saliera de malos pasos, y en cada uno de esos recuerdos Marta había puesto lo mejor de sí misma, se había entregado, se había sacrificado, se había olvidado de sus propios sueños por criar a esa muchacha que ahora la traicionaba de la manera más cobarde, porque los gusanos siempre se comen hasta la fruta más hermosa si la dejan podrir demasiado tiempo en el olvido, y esa casa era la fruta podrida que ellos eligieron para atacar.
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