Sé que el suspenso te trajo hasta aquí y no voy a hacerte esperar ni un segundo más para descubrir qué pasó en esa mesa aquel viernes por la noche.
¿Alguna vez has sentido que el aire se espesa tanto que casi puedes tocar el peligro con las manos?
Don Aurelio no era un hombre que buscara problemas. A sus sesenta y tantos años, prefería la paz de un café cargado y el aroma de un buen tabaco.
Pero ahí estaba él, sentado en la mesa del rincón de “El Oasis”, un restaurante de carretera que solía ser su refugio de medianoche.
Frente a él, la figura imponente de un sujeto que se hacía llamar “El Cuervo” bloqueaba la salida de su reservado.
El Cuervo no estaba solo. Otros cuatro tipos, con chalecos de cuero manchados de aceite y aliento a cerveza barata, rodeaban la mesa con sonrisas burlonas.
La mesera, una joven llamada Elena que apenas llevaba una semana en el empleo, temblaba detrás del mostrador, apretando una jarra de café contra su pecho como si fuera un escudo.
—Te hice una pregunta, viejo —gruñó El Cuervo, inclinándose tanto que el olor a tabaco rancio inundó el espacio personal de Aurelio—. Ese reloj que llevas… parece que cuesta más que la vida de todos en este lugar. ¿Me lo vas a dar por las buenas o prefieres que te lo quite con todo y mano?
Don Aurelio no se inmutó. Sus ojos, grises y profundos como el acero frío, ni siquiera parpadearon.
Mantuvo su mano derecha sobre la mesa, sosteniendo una pequeña cuchara de plata con la que terminaba de disolver el azúcar en su taza.
—Es un regalo de mi esposa, que en paz descanse —respondió Aurelio con una voz tan suave que parecía un susurro en una catedral—. No tiene precio, joven. Y ciertamente, no está en venta ni disponible para el robo.
Los motociclistas estallaron en una carcajada estridente que rompió la calma del restaurante.
Uno de ellos, un tipo flaco con una cicatriz que le atravesaba la mejilla, golpeó la mesa con la palma de la mano, haciendo que el café de Aurelio saltara un poco fuera de la taza.
—¡Escuchen a este abuelo! —gritó el flaco—. Se cree que está en una película. Oye, anciano, ¿no te das cuenta de que aquí las reglas las ponemos nosotros?
Aurelio suspiró. Fue un suspiro de cansancio, no de miedo. Era el suspiro de un hombre que había intentado dejar atrás una vida de violencia y que, muy a su pesar, se encontraba con que el mundo se empeñaba en arrastrarlo de vuelta.
—Les voy a dar una oportunidad —dijo Aurelio, dejando finalmente la cuchara sobre el plato—. Tienen exactamente treinta segundos para dar media vuelta, subir a sus máquinas y desaparecer de mi vista. Si lo hacen, mañana despertarán vivos.
El Cuervo se quedó en silencio un momento, sorprendido por la audacia del hombre mayor. Pero luego, la arrogancia ganó la partida.
Se echó hacia atrás, metió la mano en su chaqueta y sacó una navaja automática. El sonido del metal al encajarse en su posición fue como un latigazo en el silencio del local.
—¿Treinta segundos? —se burló El Cuervo, pasando la punta de la hoja por el mantel de tela—. Yo creo que el que no tiene ni diez segundos eres tú.
En ese momento, Aurelio comprendió que las palabras ya no servían de nada. Aquellos muchachos no eran más que hienas que habían confundido su calma con debilidad.
Con una lentitud deliberada, Aurelio llevó su mano izquierda al bolsillo interior de su saco de lana italiana.
Los motociclistas se tensaron, esperando quizás un arma pequeña o una billetera gorda. Pero lo que Aurelio sacó fue un teléfono móvil, negro y sin marcas visibles.
—¿Vas a llamar a tu mami? —se mofó el de la cicatriz.
Aurelio no respondió. Marcó un solo dígito en la pantalla táctil y se llevó el aparato al oído.
La conexión fue instantánea. No hubo tonos de espera.
—Lucifer —dijo Aurelio con una voz que ya no era suave, sino cortante como un bisturí—. Estoy en El Oasis. La cena se ha interrumpido por falta de modales. Trae el equipo de limpieza. Inmediato.
Colgó sin esperar respuesta y dejó el teléfono sobre la mesa, justo al lado de su taza de café.
—¿”Lucifer”? ¿De verdad, viejo? —El Cuervo soltó una carcajada que se transformó en un gruñido—. Ahora sí te pasaste de gracioso.
El líder de la pandilla extendió la mano para tomar a Aurelio por la solapa, pero algo lo detuvo.
No fue un golpe, ni un grito.
Fue el cambio radical en la expresión de Aurelio. Sus ojos ya no eran los de un abuelo cansado. Eran los ojos de un depredador que había estado observando cómo su presa se metía sola en la trampa.
—El tiempo se acabó —dijo Aurelio, mirando el reloj de pared del restaurante.
Sigue leyendo la continuación tocando el botón de abajo 👇




