Lo que empezaste a leer allá afuera tenía que continuar, y aquí es donde todo se revela.
A veces, el silencio no es una señal de debilidad, sino el rugido contenido de una tormenta que está a punto de estallar.
Mateo sentía el frío del piso de concreto contra sus palmas mientras el estruendo de la bandeja de metal aún resonaba en sus oídos.
El guiso rancio se esparcía por sus botas, y la risa ronca de “El Garra” llenaba el comedor, ese espacio donde la esperanza muere y solo sobrevive el más fuerte.
Todos los presos observaban con una mezcla de morbo y lástima; habían visto esta escena mil veces, pero algo era diferente hoy.
Mateo no se movía. No gritaba. No suplicaba.
Se quedó ahí, con la cabeza gacha, dejando que El Garra le escupiera insultos que habrían hecho temblar a cualquier otro hombre.
—Mírenlo, el niño nuevo cree que puede caminar por aquí sin pedir permiso —ladró El Garra, un hombre cuya cara era un mapa de cicatrices y malas decisiones.
Mateo cerró los ojos por un segundo, y en esa oscuridad, no vio las paredes grises de la prisión.
Vio la sonrisa de su hermano menor, Santi, la última vez que lo vio con vida en aquella esquina del barrio.
Vio la luz apagándose en sus ojos mientras Mateo trataba desesperadamente de tapar la herida en su pecho con las manos temblorosas.
“No dejes que se salga con la suya, Teo”, habían sido las últimas palabras de Santi, un susurro que se convirtió en el motor de su existencia.
Para estar hoy en este comedor infecto, Mateo había tenido que renunciar a todo.
A su carrera prometedora en las fuerzas especiales, a su libertad, a su nombre.
Se había dejado atrapar a propósito, había cometido un robo tan evidente que la policía no tuvo más remedio que encerrarlo en esta unidad de máxima seguridad.
Porque aquí era donde se escondía la rata que había dado la orden de disparar.
—¡Levántate! —gritó El Garra, dándole un empujón con la punta de la bota en el hombro.
Mateo sintió el impacto, pero su cuerpo, entrenado para resistir torturas y emboscadas, ni siquiera se inmutó.
Él estaba midiendo. Estaba calculando la distancia entre el guardia que bostezaba en la torre y la salida de emergencia.
Estaba analizando la postura de El Garra: el peso mal distribuido en la pierna izquierda, la guardia abierta, la arrogancia de quien se cree intocable.
—¿Te comió la lengua el gato, pedazo de basura? —insistió el líder de la celda 4, buscando la aprobación de su séquito.
Mateo finalmente levantó la vista, y por un instante, el comedor se quedó en un silencio sepulcral.
No era la mirada de un preso asustado. Era la mirada de un depredador que acababa de encontrar su rastro.
—El guiso estaba feo —dijo Mateo con una voz tan tranquila que erizó los pelos de la nuca de los que estaban cerca—. Pero me vas a pagar la bandeja.
Una carcajada general explotó en el recinto, liderada por El Garra, quien se doblaba de la risa.
—¿Ah sí? ¿Y cómo te la voy a pagar, princesa? ¿Quieres que te baile? —se burló, acercando su rostro peligrosamente al de Mateo.
Ese fue su error final. El exceso de confianza es el veneno de los hombres pequeños.
Mateo no usó un arma. No la necesitaba. Sus manos eran instrumentos de precisión quirúrgica.
En un movimiento que nadie pudo seguir con la vista, Mateo se incorporó como un resorte de acero.
Su palma impactó directamente en el mentón de El Garra, haciendo que sus dientes castañearan con un sonido seco y aterrador.
Antes de que el gigante pudiera reaccionar, Mateo ya le había atrapado el brazo derecho, girándolo con una palanca que hizo crujir el hueso de manera audible.
El Garra soltó un grito que no parecía humano, un alarido de dolor puro que cortó las risas de tajo.
Los guardias empezaron a pitar, pero la distancia era mucha y el caos en las mesas ya había comenzado.
Los secuaces de El Garra intentaron saltar sobre él, pero Mateo se movía como un fantasma entre las sombras.
Un codazo en el plexo solar de uno, una patada lateral que destrozó la rodilla de otro.
En menos de treinta segundos, el “dueño” del comedor estaba de rodillas, con el brazo roto y la cara estampada contra la misma mesa donde antes presumía de su poder.
Mateo lo sujetó del cabello, obligándolo a mirar hacia arriba, mientras la sangre de la nariz de El Garra goteaba sobre el metal.
Fue entonces cuando lo vio. El objetivo de toda su misión.
En el antebrazo derecho de El Garra, justo debajo de la muñeca, había un tatuaje desgastado.
Era la imagen de un toro negro con los cuernos rotos y una fecha debajo. La misma fecha en que Santi fue asesinado.
El corazón de Mateo martilleó contra sus costillas, no por el esfuerzo físico, sino por la furia contenida durante meses.
—Dime de quién es esa marca —susurró Mateo, apretando el brazo roto con una fuerza inhumana.
El Garra lloriqueaba, sus ojos desorbitados por el miedo y el shock.
—No… no puedo… me matará… —balbuceó el hombre, perdiendo toda la bravuconería.
Mateo acercó sus labios a la oreja de su víctima, su voz era un hilo de hielo que calaba hasta los huesos.
—Él te matará después. Yo te voy a romper cada hueso de este cuerpo ahora mismo si no me das el nombre.
En ese momento, un anciano que limpiaba los pisos a unos metros, un hombre que llevaba veinte años viendo pasar la vida tras las rejas, se detuvo.
Miró el tatuaje, miró a Mateo con una mezcla de respeto y advertencia, y habló con un hilo de voz que apenas se escuchó entre los gritos de los guardias que ya llegaban.
—Ese tatuaje… ese tatuaje solo lo llevan los perros fieles de “El Toro” —dijo el viejo, santiguándose.
Mateo sintió que el mundo se detenía. El nombre. Por fin tenía el nombre.
—¿Dónde está El Toro? —le gritó Mateo a El Garra, mientras los guardias le apuntaban con sus rifles de goma desde la pasarela.
Sigue leyendo la continuación tocando el botón de abajo 👇




