Esa parte que te dejó con el corazón en la mano tiene una continuación, y empieza justo ahora.
Alejandro sintió que el asfalto se ablandaba bajo sus pies, como si el mundo entero se estuviera derritiendo. El paraguas que sostenía resbaló de su mano, cayendo con un golpe seco sobre el pavimento mojado, pero él no se movió. No podía. Sus ojos, empañados por una mezcla de lluvia y lágrimas contenidas durante seis meses, estaban fijos en la mujer que tenía frente a él.
Era ella. No podía ser un error de su mente quebrada por el duelo. Era Elena.
Su rostro, aunque más pálido y delgado de lo que recordaba, conservaba esa luz especial en la mirada. Pero lo que más lo golpeó, lo que lo dejó sin aliento, fue ver cómo sus manos rodeaban protectoramente su vientre. Un vientre que delataba un embarazo de al menos seis meses.
—Alejandro, por favor, no grites —susurró ella con la voz entrecortada, dando un paso hacia la penumbra de un callejón cercano—. No tengo mucho tiempo y no pueden verme contigo.
Él quiso hablar, quiso gritar su nombre, reclamarle por las noches de insomnio, por las flores que dejó cada domingo sobre una lápida fría, por el dolor que casi lo lleva a la locura. Pero las palabras se quedaron atascadas en su garganta. Se acercó a ella con pasos torpes, estirando una mano temblorosa para tocar su mejilla.
Cuando sus dedos rozaron la piel cálida de Elena, un sollozo violento escapó de su pecho. No era un fantasma. No era una alucinación producto de la depresión. Su esposa estaba viva.
—Yo… yo firmé los papeles, Elena —logró articular Alejandro, con la voz rota—. Yo identifiqué tu cuerpo. El anillo… el anillo de bodas estaba en ese cuerpo quemado. Yo te enterré.
Elena cerró los ojos, dejando que un par de lágrimas rodaran por sus mejillas. El frío de la noche parecía intensificarse, pero el calor que emanaba de su cercanía era lo único que mantenía a Alejandro en pie.
—Sé lo que viste, mi amor. Sé el infierno que te hice pasar —respondió ella, tomando la mano de Alejandro y poniéndola sobre su vientre—. Pero si no hubiera muerto para el mundo, hoy ninguno de los tres estaríamos aquí. Ni tú, ni yo, ni nuestra hija.
La mención de una hija hizo que el corazón de Alejandro diera un vuelco. Él recordaba el día del accidente. Elena supuestamente iba camino a una revisión médica porque sospechaban que estaban esperando un bebé. Esa tarde, el auto de Elena se salió de la carretera y explotó. Los peritos dijeron que no hubo sobrevivientes. El ADN, los restos… todo coincidía, o eso le hicieron creer.
—¿Quién te hizo esto? —preguntó Alejandro, su tono cambiando de la angustia a una furia fría y peligrosa—. ¿Quién nos robó estos seis meses?
Elena miró hacia ambos lados de la calle con un terror que Alejandro nunca había visto en ella. Ella, la mujer valiente que lo ayudó a construir su imperio financiero, estaba aterrada de su propia sombra.
—Alguien de tu círculo más íntimo, Alejandro. Alguien que no solo quería el control de mi empresa, sino que quería destruirte a ti también. Si me quedaba, nos matarían a los dos. Tuve que desaparecer, tuve que pagarle al médico forense para que cambiara los informes. Tuve que vivir en la miseria, escondida como una rata, esperando el momento justo para advertirte.
Alejandro la estrechó entre sus brazos, protegiéndola de la lluvia que ahora caía con más fuerza. Sentía el latido acelerado del corazón de Elena contra su pecho, y por primera vez en medio año, sintió que él también volvía a la vida. Sin embargo, la advertencia de su esposa resonaba en su cabeza como una campana de alarma.
Su círculo íntimo. Su socio, su hermano, sus asesores más cercanos. Todos ellos habían estado a su lado en el funeral, dándole palmaditas en la espalda mientras él se hundía en la miseria. Uno de ellos era un monstruo.
—Tienes que irte, Alejandro —dijo Elena, empujándolo suavemente—. Si nos ven juntos ahora, el plan se arruinará. Mañana a las seis de la mañana, ve a la vieja bodega de la calle 12. Te explicaré todo. Pero no confíes en nadie. Ni siquiera en los que dicen quererte más.
Antes de que él pudiera protestar, Elena se fundió en la oscuridad del callejón, dejándolo solo bajo la lluvia torrencial, con el sabor de sus lágrimas y la promesa de una verdad que amenazaba con quemar todo a su paso.
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