Sé que no pudiste quedarte con la duda tras ver ese primer encuentro, y hiciste bien en venir, porque lo que estás por descubrir te helará la sangre.
Isabella apretó el cuerpo menudo de doña Rosa con una fuerza que, a ojos de cualquier extraño, habría parecido un gesto de infinito agradecimiento. Sin embargo, en la cercanía de aquel contacto, el aire se sentía pesado, cargado de una electricidad gélida que solo los que conocen la verdadera maldad pueden detectar.
Doña Rosa, con sus manos agrietadas por el jabón y los años de servicio en la mansión de los de la Vega, se quedó paralizada. No estaba acostumbrada a que la “niña” Isabella, siempre tan distante y altiva, buscara su calor.
—Gracias por todo, Rosita —susurró Isabella al oído de la mujer, con una voz que destilaba una dulzura fingida, casi empalagosa—. Eres una pieza fundamental en esta casa. No sé qué haríamos sin ti.
Mientras pronunciaba esas palabras, los dedos largos y cuidados de la joven se deslizaron con la agilidad de un prestidigitador hacia la abertura del bolso de tela de doña Rosa. Era un bolso viejo, con flores bordadas ya descoloridas, que colgaba del perchero de la cocina.
Con un movimiento casi imperceptible, Isabella dejó caer un collar de diamantes y esmeraldas, una reliquia familiar valuada en una fortuna, directamente al fondo del bolso, entre los hilos de tejer y un pequeño monedero desgastado.
Doña Rosa, conmovida hasta las lágrimas por lo que creía era un gesto de cariño genuino, correspondió el abrazo tímidamente.
—No tiene por qué agradecer, señorita —respondió la empleada con la voz quebrada—. Usted sabe que yo a esta familia la quiero como si fuera la mía propia. Veinte años no pasan en vano.
Isabella se separó lentamente, forzando una sonrisa que no llegaba a sus ojos. Sus ojos eran dos pozos oscuros, observando con un deleite sádico cómo la trampa acababa de cerrarse sobre la mujer que la había visto crecer.
Para Isabella, doña Rosa no era un ser humano. Era un estorbo, un testigo incómodo de sus noches de rebeldía, de sus mentiras constantes a sus padres y de su naturaleza caprichosa. La joven quería libertad total, y doña Rosa, con su mirada maternal y sus consejos no pedidos, representaba la conciencia que Isabella quería silenciar para siempre.
Sin decir una palabra más, Isabella dio media vuelta. El sonido de sus tacones de diseñador sobre el mármol de la cocina resonaba como una sentencia de muerte. Caminó hacia el gran salón, donde el silencio de la mansión se sentía sepulcral.
Subió las escaleras de roble, acariciando el pasamanos con una elegancia gélida. Cada paso que daba la alejaba de la escena del crimen y la acercaba a la culminación de su plan. Entró en el ala principal de la mansión, donde el aroma a perfumes caros y maderas finas inundaba el ambiente.
Se detuvo frente a la puerta de caoba de la habitación de su madre, doña Elena. Respiró hondo, practicando frente a un espejo dorado la expresión de angustia que estaba a punto de desplegar. Se despeinó un poco un mechón de cabello, se frotó los ojos hasta que se pusieron rojos y, finalmente, abrió la puerta de un golpe seco.
—¡Mamá! ¡Mamá, ha pasado algo terrible! —gritó Isabella, rompiendo el silencio de la tarde.
Doña Elena, una mujer de una elegancia severa que leía un libro junto al ventanal, se puso de pie de inmediato, dejando caer sus lentes de lectura.
—¿Qué pasa, hija? Me vas a dar un infarto, ¿qué es ese escándalo?
Isabella se desplomó en el diván de terciopelo, cubriéndose la cara con las manos, fingiendo un sollozo que le salió casi perfecto.
—Es el collar, mamá… el collar de la abuela. El de las esmeraldas. Fui a probármelo para la gala de mañana y no está. ¡La caja está vacía!
El color desapareció del rostro de doña Elena. Ese collar no era solo una joya; era el legado de tres generaciones, el símbolo de la alcurnia de su familia.
—No digas tonterías, Isabella. Debe estar ahí. Lo guardamos juntas ayer después de la limpieza.
—¡Te juro que no está! —insistió la joven, levantando la mirada con una chispa de veneno—. Y lo peor no es eso, mamá… Lo peor es que hace un momento vi a Rosa salir de tu habitación. Iba muy apurada, escondiendo algo bajo su delantal.
Doña Elena frunció el ceño. El peso de la sospecha comenzó a nublar su juicio. Ella confiaba en Rosa, pero la mención del collar y la acusación directa de su propia hija empezaron a tejer una telaraña de dudas en su mente.
—¿Estás segura de lo que dices, Isabella? Rosa lleva media vida con nosotros.
—Mamá, por favor… ¿vas a confiar más en una empleada que en tu propia hija? —Isabella se puso de pie, su voz ahora cargada de una indignación ensayada—. Solo digo lo que vi. Si no me crees, ve a ver tú misma. Probablemente todavía lo tenga en sus cosas antes de irse.
La semilla de la traición ya estaba plantada. Doña Elena, impulsada por el miedo a perder su posesión más valiosa y manipulada por la sangre de su sangre, comenzó a caminar hacia la salida de la habitación. Su paso era firme, el paso de una mujer que se sentía traicionada en lo más profundo de su hogar.
Mientras tanto, en la cocina, doña Rosa recogía sus pertenencias con una sonrisa en los labios, sin sospechar que el abrazo que había recibido minutos antes era, en realidad, el beso de Judas.
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