“—¡Elena! ¡Dios mío, Elena, eres tú! —el grito de doña Beatriz rasgó el silencio sepulcral de la mansión, mientras sus manos enjoyadas temblaban al tocar los harapos sucios que cubrían el cuerpo de su hija.”
La joven no podía hablar. Sus labios, agrietados por el frío y la deshidratación, apenas emitieron un gemido ahogado. Se desplomó en la alfombra persa de la entrada, esa misma alfombra que recordaba haber pisado cinco años atrás, cuando era una estudiante llena de sueños, antes de que el mundo se tragara su rastro sin dejar una sola huella.
Beatriz se arrojó al suelo, sin importarle que su costoso vestido de seda se manchara con el lodo y la sangre seca que Elena traía consigo. La mujer sollozaba de una manera desgarradora, una mezcla de terror y un alivio que le quemaba el pecho. Durante sesenta meses, había dormido con la luz encendida, esperando un milagro que la policía ya le había dicho que no ocurriría.
—Mi niña, mi pedacito de cielo… ¿Qué te hicieron? —susurró Beatriz, apartando los mechones de cabello enmarañado del rostro de Elena.
La joven levantó la vista. Sus ojos, antes brillantes y llenos de vida, ahora parecían dos pozos profundos de sombras. Tenía una cicatriz que le recorría la mandíbula y sus dedos estaban rígidos, como si se hubieran acostumbrado a aferrarse a los barrotes de una jaula invisible.
Los criados de la mansión se asomaron al gran vestíbulo, petrificados. El mayordomo, un hombre que había visto crecer a Elena, se cubrió la boca para ahogar un sollozo. Nadie podía creer que esa figura esquelética y temblorosa fuera la misma muchacha que solía reír por los pasillos de la propiedad de los Valenzuela.
—¡Llamen a una ambulancia! ¡Llamen a la policía ahora mismo! —ordenó Beatriz con una voz que recuperó de pronto su autoridad, aunque estuviera quebrada por el llanto.
Elena reaccionó violentamente ante la mención de la policía. Su cuerpo sufrió un espasmo y se aferró al brazo de su madre con una fuerza inesperada, una fuerza nacida del pánico más puro. Sus uñas se clavaron en la piel de Beatriz, dejando marcas rojas.
—No… no los llames todavía… —logró articular Elena con una voz ronca, una voz que no parecía pertenecer a una mujer de veintitrés años—. Madre, escúchame… él me encontrará. Él siempre sabe dónde estoy.
Beatriz sintió que un frío glacial le recorría la columna vertebral. La paranoia en los ojos de su hija no era producto del delirio; era el miedo de alguien que ha sido quebrado sistemáticamente. La madre la rodeó con sus brazos, tratando de transmitirle un calor que la joven parecía haber olvidado.
—Nadie te va a tocar, Elena. Estás en casa. Esta mansión es una fortaleza. Tengo cámaras, guardias, muros… Nadie puede entrar aquí sin mi permiso —dijo Beatriz, tratando de convencerse a sí misma mientras acariciaba la espalda de su hija, sintiendo cada vértebra sobresaliendo bajo la piel.
—Él ya está aquí, mamá —susurró Elena, y un escalofrío sacudió su cuerpo de pies a cabeza.
Beatriz la ayudó a levantarse con la ayuda del mayordomo. Llevaron a Elena hacia el salón principal, un espacio vasto decorado con obras de arte y muebles de diseñador que ahora parecían insultantes frente a la miseria de la joven. La sentaron en un sofá de terciopelo y le trajeron una manta de lana fina y una taza de té caliente.
Elena sostenía la taza con ambas manos, observando el vapor que subía. Sus ojos no dejaban de recorrer cada rincón de la habitación, cada sombra proyectada por las lámparas de cristal. Parecía un animal acorralado que espera el golpe final.
—Dime quién fue, hija. Dame un nombre. Te juro por lo más sagrado que ese hombre no volverá a ver la luz del sol. Usaré toda mi fortuna, moveré cielo y tierra, pero pagará por cada segundo que te arrebató —sentenció Beatriz con un odio frío creciendo en sus entrañas.
Beatriz pensaba en los sospechosos que la policía había investigado años atrás: exnovios, compañeros de universidad, incluso empleados resentidos. Pero la investigación nunca llegó a nada. La desaparición de Elena había sido perfecta, como si se hubiera desvanecido en el aire durante una tarde de compras.
Elena comenzó a temblar de nuevo. El té se derramó sobre sus manos, pero ella no pareció sentir el calor del líquido. Su mirada se fijó en la gran escalera de mármol que conducía a la planta alta de la mansión.
—Él me dijo que si escapaba, mataría al bebé —dijo Elena de repente, en un susurro que paralizó el corazón de Beatriz.
—¿Al bebé? —Beatriz sintió que el mundo se detenía—. Elena… ¿tuviste un hijo?
La joven asintió con lágrimas rodando finalmente por sus mejillas. Eran lágrimas de un dolor que ninguna madre debería conocer jamás.
—Se lo llevó hace seis meses. Dijo que era hora de que el niño tuviera una vida de verdad, no en ese sótano oscuro. Dijo que él lo cuidaría mejor que yo. Me lo quitó de los brazos mientras yo gritaba… —Elena se abrazó a sí misma, meciéndose adelante y atrás.
Beatriz no podía procesar la magnitud de la crueldad. Su hija no solo había sido secuestrada, sino que había sido convertida en madre en cautiverio y luego despojada de su hijo. La ira de la mujer se transformó en una tormenta eléctrica. Estaba dispuesta a matar con sus propias manos al monstruo responsable.
—¿Dónde está el niño, Elena? ¿Dónde te tenían? —preguntó Beatriz, tomando el rostro de su hija entre sus manos para obligarla a mirarla.
Elena abrió la boca para responder, pero las palabras se quedaron atrapadas en su garganta. Sus ojos se abrieron desmesuradamente, fijándose en un punto detrás de su madre. La mandíbula de la joven comenzó a castañear y el color, el poco que le quedaba, huyó de su rostro.
Una silueta masculina se recortaba en el umbral de la puerta lateral, la que conectaba con el despacho privado y el jardín trasero. Un hombre alto, vestido con un traje impecable, observaba la escena con una expresión de absoluta sorpresa que, poco a poco, se fue transformando en algo mucho más oscuro.
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