A veces la ambición es un cristal sucio que no nos permite ver la luz, hasta que el mismo vidrio se rompe y nos corta las manos.
Mauricio se ajustó el nudo de la corbata de seda, sintiendo cómo el calor húmedo de la región bananera empezaba a asfixiarlo.
Sus zapatos de cuero italiano, esos que le habían costado una pequeña fortuna en la ciudad, ya estaban cubiertos de una fina capa de polvo rojizo.
Miró con asco a su alrededor.
Para él, aquellas hectáreas de verde intenso, cargadas de racimos pesados y aire puro, no eran más que un fajo de billetes esperando a ser cobrado.
Necesitaba el dinero. Lo necesitaba con una urgencia que le quitaba el sueño y le hacía temblar las manos en la oscuridad de su apartamento de lujo, ese que ya no podía pagar.
Sus deudas en el casino y los malos negocios en la bolsa lo tenían contra la pared.
—¡Elena! —gritó, su voz rompiendo la paz del campo.
No hubo respuesta inmediata, solo el canto de las chicharras y el roce de las hojas de plátano movidas por la brisa.
Caminó con paso firme hacia la casona de madera, esa construcción antigua que su padre había levantado con sudor y que él despreciaba por considerarla una reliquia sin valor.
Allí estaba ella.
Elena vestía su ropa de siempre: unos jeans desgastados, una camisa de cuadros y un sombrero de paja que ocultaba sus ojos cansados.
Estaba sentada en el porche, separando cuidadosamente unas semillas, con las manos manchadas de tierra y vida.
—Te dije que vendría hoy, Elena. Espero que ya tengas tus maletas listas —soltó Mauricio, sin siquiera saludar.
Elena levantó la vista. Sus ojos, del mismo color que los de su hermano pero cargados de una paz que él jamás conocería, lo recorrieron con tristeza.
—Buenos días para ti también, Mauricio. Pasa, hay café fresco en la cocina.
—No quiero café, no quiero sentarme y no quiero perder el tiempo —escupió él, sacando un sobre de su maletín de cuero—. Aquí están los documentos de la venta.
Elena dejó las semillas a un lado y se limpió las manos en un trapo viejo.
—¿La venta? Pero si te dije que yo no voy a firmar nada. Esta tierra es nuestro legado, es lo que papá nos dejó para que viviéramos con dignidad.
Mauricio soltó una carcajada seca, llena de veneno.
—¿Dignidad? Dignidad es vivir en un penthouse, no estar aquí oliendo a estiércol y plátano maduro todo el día.
Se acercó a ella, invadiendo su espacio personal con una arrogancia que pretendía ocultar su miedo interno.
—Entiéndelo de una vez. Yo soy el que maneja los negocios. Tú solo te has quedado aquí jugando a la granjera.
—No juego, Mauricio. Trabajo. Gracias a esta tierra tú pudiste irte a estudiar a la capital. Gracias a estos plátanos pagaste tu primer auto.
—Eso fue hace mucho tiempo. Ahora, esta finca vale millones para una constructora que quiere hacer un complejo turístico.
Mauricio extendió el papel sobre la mesa de madera rústica.
—Firma aquí. Te daré una pequeña parte para que te compres una casita en el pueblo y vivas tranquila tus últimos años.
Elena miró el papel y luego miró a su hermano.
—No es por el dinero, hermano. Es por la promesa que le hicimos a papá antes de que cerrara los ojos.
—Papá está muerto, Elena. Y los muertos no cobran deudas. En cambio, los bancos sí.
Mauricio sintió un escalofrío al decir eso. El banco le había dado un plazo de 48 horas antes de embargarle todas sus propiedades en la ciudad.
Esta venta era su única balsa de salvación en un mar de deudas que lo estaba ahogando.
—Si no firmas por las buenas, lo harás por las malas —amenazó él, bajando la voz—. He traído a un abogado que se encargará de demostrar que tú no estás capacitada para administrar estos bienes.
Elena no se inmutó. No hubo miedo en su rostro, solo una profunda y amarga decepción.
—¿Tanto me odias, Mauricio? ¿Tanto odias el lugar de donde vienes?
—Odio la pobreza, Elena. Y tú hueles a ella.
En ese momento, un vehículo negro, de vidrios polarizados, se detuvo frente a la entrada de la finca.
Mauricio sonrió con suficiencia, creyendo que su plan estaba funcionando a la perfección.
—Mira, ahí llega el abogado con la orden de desalojo. Se acabó el tiempo de las súplicas.
Se dio la vuelta, acomodándose de nuevo el saco, listo para dar el golpe final a la única persona que siempre lo había amado de verdad.
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