Sé que te quedaste con el corazón en la mano después de leer lo que pasó en la entrada de aquel salón. Es natural que quieras entender por qué una mujer dedicada a salvar vidas reaccionaría con tanto desprecio ante la joven que, literalmente, le dio una segunda oportunidad a su paciente favorito. Aquí te contaré toda la verdad, sin censura.
Roberto Valdemar no podía creer lo que sus oídos acababan de escuchar. El eco de las palabras de la doctora Amelia Thorne resonaba en el lujoso vestíbulo, rebotando contra las paredes de mármol y las arañas de cristal que colgaban del techo.
—He dicho que no tengo nada que hablar con esta… persona —repitió la doctora Thorne, su voz era como un hilo de hielo que cortaba el aire cálido de la gala.
Roberto sintió que el mundo se detenía. A su lado, Elena, una muchacha de apenas veintidós años, vestida con un sencillo pero elegante vestido color perla, bajó la mirada. Sus dedos, que antes apretaban con timidez el brazo de Roberto, ahora temblaban visiblemente.
—Doctora, creo que hay un malentendido —balbuceó Roberto, intentando mantener la compostura frente a los invitados que ya empezaban a susurrar—. Ella es Elena. La donante. La razón por la que hoy puedo estar de pie en este evento. Usted misma supervisó todo el proceso, usted alabó su valentía…
La doctora Thorne, una mujer de unos cincuenta años, cuya reputación como la mejor cirujana de trasplantes del país era incuestionable, ni siquiera miró a Roberto. Sus ojos, cargados de una furia que rozaba el pánico, estaban clavados en Elena.
—Sé perfectamente quién es —escupió la médica—. Y sé perfectamente lo que pretende estar aquí. Roberto, te sugiero que la saques de este lugar de inmediato si no quieres que esta noche termine en un escándalo que ni tu fortuna podrá limpiar.
Roberto sintió un vacío en el estómago. Conocía a Amelia desde hacía años; ella no solo era su médica, era considerada una amiga de la familia. Verla perder los estribos de esa manera, mostrando una faceta tan oscura y hostil, lo dejó paralizado.
Elena, por su parte, no decía nada. Sus ojos se habían llenado de lágrimas, pero no eran lágrimas de tristeza, sino de algo que parecía una mezcla de resignación y una profunda decepción.
—No me voy a ir, Amelia —dijo Elena finalmente. Su voz era suave, pero tenía una firmeza que sorprendió a Roberto—. No vine aquí por el dinero de don Roberto, ni por la fama del evento. Vine porque usted me prometió que él sabría la verdad.
—¡Cállate! —gritó la doctora Thorne, atrayendo la atención de toda la seguridad del evento—. ¡Seguridad, escolten a esta mujer afuera ahora mismo!
Dos hombres de traje oscuro se acercaron rápidamente. Roberto, reaccionando por fin, se interpuso entre los guardias y Elena. Su instinto protector, forjado en meses de gratitud hacia la joven, se activó al instante.
—Nadie toca a esta mujer —sentenció Roberto con una autoridad que hizo retroceder a los guardias—. Amelia, estás actuando como una loca. Elena es mi invitada de honor. Si ella se va, yo me voy con ella y mañana mismo retiro todos los fondos que mi fundación le otorga a tu hospital.
El rostro de la doctora Thorne se volvió de un color cenizo. El silencio en el salón era absoluto. Los músicos habían dejado de tocar y los meseros se habían quedado estáticos con sus bandejas de plata.
Roberto miró a Elena, buscando una explicación en su rostro pálido.
—Elena, por favor, dime qué está pasando. ¿De qué verdad hablas? ¿Por qué la doctora te trata así?
Elena miró a Roberto con una ternura infinita, la misma que le mostró el día que se conocieron en la habitación del hospital, horas antes de entrar al quirófano.
—Don Roberto… —comenzó ella, secándose una lágrima rebelde—, la doctora Thorne no quiere que usted sepa que yo no era la donante compatible original.
Roberto frunció el ceño, confundido.
—¿De qué hablas? Los exámenes… los registros…
—Los registros fueron alterados, Roberto —interrumpió Amelia, intentando recuperar el control, aunque su voz temblaba—. Elena es una manipuladora. Ella se infiltró en el sistema.
—¡Miente! —exclamó Elena, dando un paso adelante—. Usted me obligó a hacerlo. Usted sabía que el verdadero donante, el que estaba primero en la lista para don Roberto, era mi hermano. Y usted lo dejó morir para que el riñón llegara a manos de alguien que pudiera pagar su “bono de éxito”.
El aire pareció escaparse de los pulmones de Roberto. La revelación cayó como una bomba en medio del lujo y la opulencia de la noche.
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